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III

Una vez se han recogido las anclas, se ha dicho adiós
al puerto y a sus aves, una vez que se ha ahogado el amor
en las aguas primeras de los muelles, ahí donde los tiburones
se resisten a edificar su reino, donde no hay bañista
descuidado que lleve a remojar su tristeza entre la sal,
¿a quién reclamar la llama,la ceniza inevitable del pasado,
la hojarasca, las plagas del árbol, robustas y lozanas
en su mordida, a quién hablar en el estruendo del relámpago,
cuándo todos enceguecen?
Es en su huella de brasa inconsumible que caemos,
es su destello el que ilumina nuestro camino de vuelta
Pero, ¿conseguimos volver al bello espejismo de la casa?

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VII

En medio de la oscuridad, estalla el relámpago de tu voz. ¿Quién dijo que no se ama, hasta la sangre, cuando las horas se interponen, kilométricas, entre carne y beso, quién acusó la imposibilidad de empeñar a otra, a otro el último corazón con que sobrevivimos al diluvio,  atravesados por el suave, imperceptible filo de la angustia y de los celos, atados, agónicos, pero lúcidos en este desangrarse cotidiano? Alguien ha puesto un manto oscuro sobre la noche, algo hizo que la luz disminuyera su brillo en cada esquina. Algo, que se acerca, acechante entre la niebla, lejano, aunque inminente, entre los árboles, algo que oculta, en el murmullo del agua, el estruendoso paroxismo de sus pisadas

IX

Antes del naufragio, mientras se mira el ojo del huracán, - ¿será el ojo perdido de Polifemo, buscando a Nadie a través de las aguas, lo que provoca esta rabiosa sacudida en los maderos, este furioso viento que provoca la más completa indefensión en mástiles y velas, es este su ojo penando, rencoroso, nudo de acendrado odio en busca de un venganza largamente prometida y anhelada? - alguien piensa en dos imágenes antagónicas aunque paralelas; juntos, esos símbolos van tomando forma, y le ofrecen el horror al mismo tiempo que la belleza en su brutal, silvestre totalidad: el mar inabarcable, el solitario desierto.