Antes
del naufragio, mientras se mira el ojo del huracán,
-¿será el ojo perdido de Polifemo, buscando a
Nadie
a través de las aguas,
lo que provoca esta rabiosa sacudida
en los maderos, este
furioso viento que provoca
la más completa
indefensión en mástiles y velas,
es este su ojo penando,
rencoroso, nudo de acendrado odio
en busca de un venganza
largamente prometida y anhelada?-
alguien
piensa en dos imágenes antagónicas aunque paralelas;
juntos,
esos símbolos van tomando forma, y le ofrecen el horror
al
mismo tiempo que la belleza en su brutal, silvestre totalidad:
el
mar inabarcable, el solitario desierto.
Comentarios
Publicar un comentario