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Mostrando entradas de octubre, 2017

VI

¿En qué momento el mar se torna arena, y la arena armoniosa brasa, impedida de humedad? El viento marca el ritmo del oleaje, lo mismo que el ritmo de las dunas. Basta que un suspiro brote de sus belfos milenarios, que un recuerdo lo toque en su imposible armadura: concéntricas, belicosas, se agitan y giran las aguas. La arena no es indiferente a su danza.

V

Allí, en la cresta blanca de la ola, restalla el fogonazo de tu nombre. Relincha el mar, los maderos del navío gimen, como respondiendo un llamado de siglos; no hay timón que se resista a la danza ciega de la tormenta limadura de acero, se precipitan sobre el acantilado

IV

Luego, pasado un tiempo, las lluvias vuelven a tocar, lascivas, los muslos de la tierra inundan el pecho, y uno estira los brazos si el recuerdo del padre viene a abrazarlo. Enfundada en su vestido, miro pasar a la nostalgia, contoneándose como una novia que se aleja

III

Una vez se han recogido las anclas, se ha dicho adiós al puerto y a sus aves, una vez que se ha ahogado el amor en las aguas primeras de los muelles, ahí donde los tiburones se resisten a edificar su reino, donde no hay bañista descuidado que lleve a remojar su tristeza entre la sal, ¿a quién reclamar la llama,la ceniza inevitable del pasado, la hojarasca, las plagas del árbol, robustas y lozanas en su mordida, a quién hablar en el estruendo del relámpago, cuándo todos enceguecen? Es en su huella de brasa inconsumible que caemos, es su destello el que ilumina nuestro camino de vuelta Pero, ¿conseguimos volver al bello espejismo de la casa?

II

Lo primero es el viaje, los rituales que el cuerpo emprende a modo de momentánea despedida, como si esperase el retorno, como si hincara los dientes de su esperanza en la incierta fruta del regreso; y sin embargo siempre otro es el que vuelve, cargado de minúsculos prodigios, recién llegado, crío que vuelve a aprender las sílabas del alfabeto cotidiano. Sin embargo, el cuerpo entero se entrega a los avatares necesarios para iniciar la incierta aventura de estar vivo, Ulises del nuevo siglo empeñado en la búsqueda de un muelle donde incendiar durante su navegación los maderos del delirio

I

Basta abrir una ventana entre las ruinas para descubrir nuestra orfandad tumultaria, basta el aullido de un animal que desconocemos para erizarnos la piel que otrora tiritó, valiente, bañada en el agua tibia del deseo. Basta abrir los ojos para invocar la perfecta maravilla de una flor que abre sus pétalos en la noche clara de la arena, basta cerrar los ojos, parpadear, para recordar el prodigio en todo su esplendor. Aquí, en las ruinas de esta casa, cojo un cincel, un martillo: en las paredes labro un rostro, otro, incontables rostros; todo lo desconozco mientras todo se derrumba. Al amanecer de este delirio resonará mi canto