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VII

En medio de la oscuridad, estalla el relámpago de tu voz.
¿Quién dijo que no se ama, hasta la sangre, cuando
las horas se interponen, kilométricas, entre carne y beso,
quién acusó la imposibilidad de empeñar a otra, a otro
el último corazón con que sobrevivimos al diluvio,
 atravesados por el suave, imperceptible filo de la angustia
y de los celos, atados, agónicos, pero lúcidos
en este desangrarse cotidiano?

Alguien ha puesto un manto oscuro sobre la noche,
algo hizo que la luz disminuyera su brillo
en cada esquina. Algo, que se acerca, acechante
entre la niebla, lejano, aunque inminente,
entre los árboles, algo que oculta, en el murmullo

del agua, el estruendoso paroxismo de sus pisadas

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III

Una vez se han recogido las anclas, se ha dicho adiós al puerto y a sus aves, una vez que se ha ahogado el amor en las aguas primeras de los muelles, ahí donde los tiburones se resisten a edificar su reino, donde no hay bañista descuidado que lleve a remojar su tristeza entre la sal, ¿a quién reclamar la llama,la ceniza inevitable del pasado, la hojarasca, las plagas del árbol, robustas y lozanas en su mordida, a quién hablar en el estruendo del relámpago, cuándo todos enceguecen? Es en su huella de brasa inconsumible que caemos, es su destello el que ilumina nuestro camino de vuelta Pero, ¿conseguimos volver al bello espejismo de la casa?

VI

¿En qué momento el mar se torna arena, y la arena armoniosa brasa, impedida de humedad? El viento marca el ritmo del oleaje, lo mismo que el ritmo de las dunas. Basta que un suspiro brote de sus belfos milenarios, que un recuerdo lo toque en su imposible armadura: concéntricas, belicosas, se agitan y giran las aguas. La arena no es indiferente a su danza.

V

Allí, en la cresta blanca de la ola, restalla el fogonazo de tu nombre. Relincha el mar, los maderos del navío gimen, como respondiendo un llamado de siglos; no hay timón que se resista a la danza ciega de la tormenta limadura de acero, se precipitan sobre el acantilado