Antes del naufragio, mientras se mira el ojo del huracán, - ¿será el ojo perdido de Polifemo, buscando a Nadie a través de las aguas, lo que provoca esta rabiosa sacudida en los maderos, este furioso viento que provoca la más completa indefensión en mástiles y velas, es este su ojo penando, rencoroso, nudo de acendrado odio en busca de un venganza largamente prometida y anhelada? - alguien piensa en dos imágenes antagónicas aunque paralelas; juntos, esos símbolos van tomando forma, y le ofrecen el horror al mismo tiempo que la belleza en su brutal, silvestre totalidad: el mar inabarcable, el solitario desierto.
Ahí, donde hubo un mar, abre su surco la arena. Nada deslumbra como este espejo al mediodía. En medio del delirio, se piensa seguramente en los hombres que al mirar la arena en su vastedad, el reverberante calor bajo sus plantas, creciendo como un ser invisible, inasible pero sensible al tacto, que crece, desesperado, lento, hacia el techo del cielo, imaginaron la superficie del agua. Al borde del desfallecimiento, se piensa por última vez en la alquimia que ofició el matrimonio entre el fuego y los granos de arena para dar forma al cristal, luego al espejo. Se piensa en la superficie clara del agua en el brocal del pozo, y se recuerda, al fondo, apenas sospechado, la roca desbastada durante siglos por el aire y por el agua improbable: la marca del desierto, este otro mar, esta ofertorio de sed y desamparo: la arena siempre en movimiento.