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IX

Antes del naufragio, mientras se mira el ojo del huracán, - ¿será el ojo perdido de Polifemo, buscando a Nadie a través de las aguas, lo que provoca esta rabiosa sacudida en los maderos, este furioso viento que provoca la más completa indefensión en mástiles y velas, es este su ojo penando, rencoroso, nudo de acendrado odio en busca de un venganza largamente prometida y anhelada? - alguien piensa en dos imágenes antagónicas aunque paralelas; juntos, esos símbolos van tomando forma, y le ofrecen el horror al mismo tiempo que la belleza en su brutal, silvestre totalidad: el mar inabarcable, el solitario desierto.
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VIII

Ahí, donde hubo un mar, abre su surco la arena. Nada deslumbra como este espejo al mediodía. En medio del delirio, se piensa seguramente en los hombres que al mirar la arena en su vastedad, el reverberante calor bajo sus plantas, creciendo como un ser invisible, inasible pero sensible al tacto, que crece, desesperado, lento, hacia el techo del cielo, imaginaron la superficie del agua. Al borde del desfallecimiento, se piensa por última vez en la alquimia que ofició el matrimonio entre el fuego y los granos de arena para dar forma al cristal, luego al espejo. Se piensa en la superficie clara del agua en el brocal del pozo, y se recuerda, al fondo, apenas sospechado, la roca desbastada durante siglos por el aire y por el agua improbable: la marca del desierto, este otro mar, esta ofertorio de sed y desamparo: la arena siempre en movimiento.

VII

En medio de la oscuridad, estalla el relámpago de tu voz. ¿Quién dijo que no se ama, hasta la sangre, cuando las horas se interponen, kilométricas, entre carne y beso, quién acusó la imposibilidad de empeñar a otra, a otro el último corazón con que sobrevivimos al diluvio,  atravesados por el suave, imperceptible filo de la angustia y de los celos, atados, agónicos, pero lúcidos en este desangrarse cotidiano? Alguien ha puesto un manto oscuro sobre la noche, algo hizo que la luz disminuyera su brillo en cada esquina. Algo, que se acerca, acechante entre la niebla, lejano, aunque inminente, entre los árboles, algo que oculta, en el murmullo del agua, el estruendoso paroxismo de sus pisadas

VI

¿En qué momento el mar se torna arena, y la arena armoniosa brasa, impedida de humedad? El viento marca el ritmo del oleaje, lo mismo que el ritmo de las dunas. Basta que un suspiro brote de sus belfos milenarios, que un recuerdo lo toque en su imposible armadura: concéntricas, belicosas, se agitan y giran las aguas. La arena no es indiferente a su danza.

V

Allí, en la cresta blanca de la ola, restalla el fogonazo de tu nombre. Relincha el mar, los maderos del navío gimen, como respondiendo un llamado de siglos; no hay timón que se resista a la danza ciega de la tormenta limadura de acero, se precipitan sobre el acantilado

IV

Luego, pasado un tiempo, las lluvias vuelven a tocar, lascivas, los muslos de la tierra inundan el pecho, y uno estira los brazos si el recuerdo del padre viene a abrazarlo. Enfundada en su vestido, miro pasar a la nostalgia, contoneándose como una novia que se aleja

III

Una vez se han recogido las anclas, se ha dicho adiós al puerto y a sus aves, una vez que se ha ahogado el amor en las aguas primeras de los muelles, ahí donde los tiburones se resisten a edificar su reino, donde no hay bañista descuidado que lleve a remojar su tristeza entre la sal, ¿a quién reclamar la llama,la ceniza inevitable del pasado, la hojarasca, las plagas del árbol, robustas y lozanas en su mordida, a quién hablar en el estruendo del relámpago, cuándo todos enceguecen? Es en su huella de brasa inconsumible que caemos, es su destello el que ilumina nuestro camino de vuelta Pero, ¿conseguimos volver al bello espejismo de la casa?