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I

Basta abrir una ventana entre las ruinas
para descubrir nuestra orfandad tumultaria,
basta el aullido de un animal que desconocemos
para erizarnos la piel que otrora tiritó, valiente,
bañada en el agua tibia del deseo.
Basta abrir los ojos para invocar la perfecta maravilla
de una flor que abre sus pétalos en la noche
clara de la arena, basta cerrar los ojos, parpadear,
para recordar el prodigio en todo su esplendor.

Aquí, en las ruinas de esta casa, cojo un cincel, un martillo:
en las paredes labro un rostro, otro, incontables rostros;
todo lo desconozco mientras todo se derrumba.
Al amanecer de este delirio resonará mi canto

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III

Una vez se han recogido las anclas, se ha dicho adiós al puerto y a sus aves, una vez que se ha ahogado el amor en las aguas primeras de los muelles, ahí donde los tiburones se resisten a edificar su reino, donde no hay bañista descuidado que lleve a remojar su tristeza entre la sal, ¿a quién reclamar la llama,la ceniza inevitable del pasado, la hojarasca, las plagas del árbol, robustas y lozanas en su mordida, a quién hablar en el estruendo del relámpago, cuándo todos enceguecen? Es en su huella de brasa inconsumible que caemos, es su destello el que ilumina nuestro camino de vuelta Pero, ¿conseguimos volver al bello espejismo de la casa?

VI

¿En qué momento el mar se torna arena, y la arena armoniosa brasa, impedida de humedad? El viento marca el ritmo del oleaje, lo mismo que el ritmo de las dunas. Basta que un suspiro brote de sus belfos milenarios, que un recuerdo lo toque en su imposible armadura: concéntricas, belicosas, se agitan y giran las aguas. La arena no es indiferente a su danza.

V

Allí, en la cresta blanca de la ola, restalla el fogonazo de tu nombre. Relincha el mar, los maderos del navío gimen, como respondiendo un llamado de siglos; no hay timón que se resista a la danza ciega de la tormenta limadura de acero, se precipitan sobre el acantilado