En medio de la oscuridad, estalla el relámpago de tu voz. ¿Quién dijo que no se ama, hasta la sangre, cuando las horas se interponen, kilométricas, entre carne y beso, quién acusó la imposibilidad de empeñar a otra, a otro el último corazón con que sobrevivimos al diluvio, atravesados por el suave, imperceptible filo de la angustia y de los celos, atados, agónicos, pero lúcidos en este desangrarse cotidiano? Alguien ha puesto un manto oscuro sobre la noche, algo hizo que la luz disminuyera su brillo en cada esquina. Algo, que se acerca, acechante entre la niebla, lejano, aunque inminente, entre los árboles, algo que oculta, en el murmullo del agua, el estruendoso paroxismo de sus pisadas
Comentarios
Publicar un comentario