Ir al contenido principal

VIII


Ahí, donde hubo un mar, abre su surco la arena.
Nada deslumbra como este espejo al mediodía.
En medio del delirio, se piensa seguramente
en los hombres que al mirar la arena en su vastedad,
el reverberante calor bajo sus plantas, creciendo
como un ser invisible, inasible pero sensible al tacto,
que crece, desesperado, lento, hacia el techo del cielo,
imaginaron la superficie del agua.

Al borde del desfallecimiento, se piensa por última vez
en la alquimia que ofició el matrimonio entre el fuego
y los granos de arena para dar forma al cristal, luego al espejo.
Se piensa en la superficie clara del agua en el brocal del pozo,
y se recuerda, al fondo, apenas sospechado, la roca desbastada
durante siglos por el aire y por el agua improbable:
la marca del desierto, este otro mar, esta ofertorio de sed

y desamparo: la arena siempre en movimiento.

Comentarios

Entradas populares de este blog

III

Una vez se han recogido las anclas, se ha dicho adiós al puerto y a sus aves, una vez que se ha ahogado el amor en las aguas primeras de los muelles, ahí donde los tiburones se resisten a edificar su reino, donde no hay bañista descuidado que lleve a remojar su tristeza entre la sal, ¿a quién reclamar la llama,la ceniza inevitable del pasado, la hojarasca, las plagas del árbol, robustas y lozanas en su mordida, a quién hablar en el estruendo del relámpago, cuándo todos enceguecen? Es en su huella de brasa inconsumible que caemos, es su destello el que ilumina nuestro camino de vuelta Pero, ¿conseguimos volver al bello espejismo de la casa?

VI

¿En qué momento el mar se torna arena, y la arena armoniosa brasa, impedida de humedad? El viento marca el ritmo del oleaje, lo mismo que el ritmo de las dunas. Basta que un suspiro brote de sus belfos milenarios, que un recuerdo lo toque en su imposible armadura: concéntricas, belicosas, se agitan y giran las aguas. La arena no es indiferente a su danza.

V

Allí, en la cresta blanca de la ola, restalla el fogonazo de tu nombre. Relincha el mar, los maderos del navío gimen, como respondiendo un llamado de siglos; no hay timón que se resista a la danza ciega de la tormenta limadura de acero, se precipitan sobre el acantilado