Ahí,
donde hubo un mar, abre su surco la arena.
Nada
deslumbra como este espejo al mediodía.
En
medio del delirio, se piensa seguramente
en
los hombres que al mirar la arena en su vastedad,
el
reverberante calor bajo sus plantas, creciendo
como
un ser invisible, inasible pero sensible al tacto,
que
crece, desesperado, lento, hacia el techo del cielo,
imaginaron
la superficie del agua.
Al
borde del desfallecimiento, se piensa por última vez
en
la alquimia que ofició el matrimonio entre el fuego
y
los granos de arena para dar forma al cristal, luego al espejo.
Se
piensa en la superficie clara del agua en el brocal del pozo,
y
se recuerda, al fondo, apenas sospechado, la roca desbastada
durante
siglos por el aire y por el agua improbable:
la
marca del desierto, este otro mar, esta ofertorio de sed
y
desamparo: la arena siempre en movimiento.
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